Mil y un globos azules

En 2008 Yves Klein, el gran artista francés vinculado con el neodadaísmo y uno de los pioneros tanto del happening y el performance como del land art y la instalación, habría festejado ocho décadas de vida de no ser porque murió de un ataque cardiaco en 1962 a los treinta y cuatro años: la misma temprana edad a la que falleció Giorgione, el pintor renacentista de La tempestad. En 2007 Klein habría celebrado el cincuentenario de dos memorables acciones relacionadas con el International Klein Blue o IKB, la mezcla de pigmento ultramarino y resina sintética que lo llevaría a autonombrarse Yves el Monocromo: por un lado, la inmersión total de un globo terráqueo en este azul insondable para poder crear un mundo —señala Rebecca Solnit— “sin divisiones entre países, entre mares y continentes, como si la propia tierra se hubiera transformado en cielo”; por otro, la exposición Proposte monochrome, epoca blu, que incluía once cuadros idénticos protagonizados por el color descubierto con la ayuda de Edouard Adam —un especialista parisino en pintura— y definido por Klein como el tinte necesario para garantizar “la autenticidad de la idea pura”. Presentada en la Galería Apollinaire de Milán en enero de 1957, la muestra se trasladó posteriormente a Düsseldorf, Londres y París, a donde llegó en mayo del mismo año para ser cobijada por la Galería Iris Clert. Durante la inauguración, Klein develó ante el público su “escultura aerostática”: mil y un globos azules que se ofrendaron al cielo ceñido sobre el barrio de Saint-Germain-des-Prés. Una década atrás, en 1947, hondamente marcado por la lectura de la Cosmogonie de Max Heindel —la biblia rosacruz que inspiró sus propias Cosmogonías, cuadros con las huellas de la lluvia captadas en un auto conducido a 110 kilómetros por hora: el once como cifra recurrente—, Klein se había repartido el mundo con dos amigos, Armand Fernandez (Arman) y Claude Pascal, que exigieron los reinos animal y vegetal. Klein se adueñó del cielo, a cuyo extremo más lejano viajó mentalmente para estampar su firma. Autografiar el cielo, reclamarlo como propio: un gesto en el que subyace no una pesadez pretenciosa sino la levedad encomiada por Italo Calvino.
¿De dónde viene esta obsesión por lo etéreo y lo monocromático, esta verdadera estética de la desaparición —para usar el término de Paul Virilio— que impulsó a Klein a exclamar “¡Larga vida a lo inmaterial!” y a organizar en abril de 1958 una nueva exposición llamada Le Vide (El vacío), para la que la Galería Iris Clert fue despojada de todo objeto y pintada enteramente de blanco luego de que el artista visitara por primera vez el santuario de Santa Rita de Casia, la patrona de las causas perdidas a la que su madre y su tía Rose —su principal mecenas— lo encomendaron de recién nacido? ¿Por qué la elección del azul, que logró salpicar Le Vide —el escaparate y una cortina de la galería, al igual que los cocteles servidos en la inauguración—, como bandera de la ausencia? “El azul es lo invisible tornándose visible”, declaró Klein. Y Rebecca Solnit abunda: “Azul es el color que representa el espíritu, el cielo y el agua, lo intangible y lo remoto: no importa qué tan palpable y cercano sea, siempre tendrá que ver con la distancia y la incorporeidad.” Hechizado por el misticismo rosacruz, la filosofía zen y la ingravidez del judo —en 1953 obtuvo el cuarto dan en Japón, auxiliado por las anfetaminas que serían sus fieles cómplices—, Klein dio cauce a su anhelo de liberarse de las ataduras terrenales el 19 de octubre de 1960 en la Rue Gentil-Bernard, una callejuela en la comuna de Fontenay-aux-Roses. En la imagen tomada por el fotógrafo estadunidense Harry Shunk, conocida como El salto al vacío —aunque, bien lo subraya Solnit, así se titula la acción consignada en la foto y no la foto en sí: es el registro de un performance—, Klein brinca desde lo alto de una barda con el pelo erizado por el aire, un Ícaro accidental que pasa inadvertido por el ciclista de espaldas que pedalea para diluirse en la bruma del anonimato. Pese a ser un montaje —había diez practicantes de judo sosteniendo una lona para amortiguar la caída—, la fotografía es un talismán del vértigo, la prueba fidedigna del vuelo de la imaginación. “Hoy todo aquel que pinte el espacio debe ir realmente al espacio para pintar, pero debe llegar ahí […] mediante una fuerza autónoma e individual: en pocas palabras, debe ser capaz de levitar”, escribió Yves Klein en el manifiesto que acompaña la foto. ¿Seremos capaces, me pregunto ahora, de dar el salto metafísico al vacío y dejarnos llevar por mil y un globos azules hasta el extremo más lejano del cielo, allá donde nuestros deseos buscan estampar su firma?
[Imagen: Yves Klein, El salto al vacío, 1960]
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